miércoles, 4 de mayo de 2011

LA NOTICIA DEL SIGLO


Ayer fue el día de la libertad de prensa, que curiosamente coincide con los aniversarios del nacimiento de Maquiavelo y la muerte de Shakespeare, dos referentes distintos de un buen número de profesionales de la prensa, que cada día son más tendenciosos y cada día escriben peor. O sea, para seguir un razonamiento actual: Maquiavelo 1-Shakespeare 0.

Para celebrar tan señalado día, nuestros medios de comunicación echaron toda la carne al asador para informarnos de las desventuras de los millonarios del Barça y el Madrid que volvían a jugar el partido del siglo, por cuarta vez en dos semanas, en las que además hubo otros acontecimientos tan trascendentales para el desarrollo humano como la boda de Guillermo y Kate (como en cualquier humilde casa se conoce al nieto de la reina de Inglaterra y señora), la beatificación del Papa Juan Pablo II o las flatulencias del Casi Faisán (que a estas alturas debe haberse convertido ya en un pato mareado).

Pero hete ahí que de repente se les cuela una de vaqueros y todas las miradas enfocan al mismo sitio, un palacete de Paquistán donde se escondía el enemigo público número uno: Osama Bin Laden. El prófugo más odiado por medio planeta y más admirado por el otro medio, fue abatido en una cacería legal y su cadáver fue arrojado al mar, ese inmenso contenedor de basura donde la mismo van a parar unas compresas higiénicas que unas toneladas de petróleo, unos isótopos radiactivos japoneses o los cadáveres molestos.

Es lo que pasa cuando reniegas de la cultura oficial. Si Bin Laden hubiese visto más películas de vaqueros sabría que cuando cuelgan tu careto por las paredes con tu foto y un texto que dice: “Wanted. Dead or life. 50.000.000 $ Reward”, antes o después aparece un justiciero y acaba apiolándote.

Con la amplitud de miras que les caracteriza, los columnistas y opinólogos se han lanzado al descrédito mutuo, aprovechando las aguas revueltas del miedo y el odio. La derecha clama contra la izquierda, la izquierda contra la derecha y todos contra los pacifistas, asquerosos ellos, que pretenden que eso de matar gente a la brava, por muy asesinos de masa que sean, se acerca mucho al crimen de estado.

Mira por donde esos mismos días, en esquinitas de los periódicos salieron unas muertes silenciosas que tienen bastante de crimen de estado (de mercado, que viene a ser lo mismo), contra el que nadie clama, como la muerte del trabajador de France Telecom que se quemó a lo bonzo a finales de abril (uno entre decenas de empleados de la compañía que se han suicidado en los últimos años (lo que llevó a la compañía a elaborar un plan de mejora de las condiciones laborales de sus empleados). O el suicidio de Patricia Heras, una joven encarcelada en la prisión de Wad Ras, por una condena de tres años, acusada de una agresión a un agente de la Guardia urbana que quedó tetrapléjico en un altercado con okupas allá por el 2006. La joven no participó en la agresión, y así lo reconoce la sentencia de la Audiencia, pero fue condenada por una pelea que se produjo después de que el agente fuese herido. También se marchó por la puerta de atrás el profesor de la Universidad de Princeton, Antonio Calvo, al que de la noche a la mañana la universidad le quitó el despacho, le cerró la cuenta de correo y lo puso en la calle sin más explicaciones. Al día siguiente se suicidó en su apartamento de Manhattan.

Esta vez no son los ejecutivos y los empresarios arruinados los que saltan por las ventanas de la crisis, como en el 29. Esta vez son los pringados, los currelas, los hipotecados y los don nadie, los que parecen condenados a una desaparición silenciosa, sin hacer ruido, sin ocupar espacio en los medios y sin que nadie proteste. Claro que eso no vende y como espectáculo es penoso, así que mejor celebrar la libertad de prensa con unas tracas de goles, o de tiros, o de lo que sea, pero que resuene mucho a noticia del siglo, mientras nos siguen dando por el saco con gran libertad y ningún disimulo.

sábado, 12 de febrero de 2011

AMOR BESTIAL


Hace años que él la ronda con sus galanteos, que despliega todas sus artes y sus artimañas de seducción; y ella, como si nada, altiva, severa, le ignora. Cierto que un abismo les separa. La edad, la raza, la clase social, incluso el tamaño, juegan en contra del empecinado galán. Pero nada es obstáculo para el amor apasionado del desconsolado Romeo.
Ella enviudó hace años y desde entonces su vida es un luto riguroso. Él la conoció un buen día de principios de primavera y desde entonces no ha podido arráncasela de la sesera. Es la historia de un desencuentro irremediable. Él la invita a bailar y ella responde con su silencio. Él le lleva regalos y ella los ignora con displicencia.
Y así, cada año por estas fechas, al cumplirse el aniversario de su primer encuentro, él vuelve a soñar con su amor imposible y ella sigue languideciendo en su voluntaria soledad.
Es una historia triste, como suelen serlo las verdaderas historias de amor y podría haber sido un reclamo comercial para los mercachifles que trafican con espeluznantes corazoncitos rojos en los aledaños de San Valentín, sino fuera porque él es un pájaro pequeño, birrioso y amarillento, una oropéndola macho, y ella una cigüeña larga, zancuda y majestuosa, una maguari hembra. El escenario de esta historia de amor no son las medievales calles de Verona, sino un prosaico parque temático de Benidorm. Romeo se llama Schwarcenegger y Julieta se llama Nuez. No es culpa suya, sino de la pedestre imaginación de los cuidadores del parque.
Su historia venía el otro día en una esquina perdida del periódico, del mismo periódico en el que el ayuntamiento de Madrid anunciaba su intención de eliminar la música de la calle, un nuevo desesperado árabe intentaba quemarse a lo bonzo y la enésima mujer moría victima del machismo descerebrado. El mismo periódico que leí en un bar en el que un adicto a Intereconomía bramaba su mala leche delante de un café y le llamaba animal a un ministro, ignorando que le estaba echando un piropo.

sábado, 22 de enero de 2011

¡SOY UN OFICUO!


Por si no tenía suficiente con lo que me estaba cayendo de natural, empezar a reconstruirme a una edad provecta, el año nuevo me ha traído un regalito extra: me han cambiado el signo zodiacal. Efectivamente amigos, lo vislumbro, me levanto contrito y declaro ante la plebe: “Me llamo Manolo y soy Oficuo”. Podría añadir que además fumo, bebo (whisky, por supuesto), como animales muertos, intercambio fluidos corporales y pienso por mi cuenta; cosas todas reprobables, lo confieso. Pero todo eso carece de importancia desde que un día una rubia todo sonrisas, me dio la noticia desde el telediario. Yo, un Sagitario de toda la vida, me había convertido en un Oficuo.

Puede que a simple vista parezca una gilipollez, pero eso es porque a vosotros no os han convertido en una mierda de oficuos de la noche a la mañana, que así es como me siento yo, como un paria del zodiaco. Claro, tu te levantas, te miras en el espejo y en la propia jeta pues no te lo notas, pero por dentro hay algo que te susurra: “eres un puto Oficuo y todo dios se va a dar cuenta”; vamos, como si te hubieses fumado una maría triposa.
Cierto es que lo de ser Sagitario tampoco me ocupaba demasiado tiempo ni le sacaba mucha utilidad, si exceptuamos esa extraña época de mi vida en la que el horóscopo era una herramienta de acercamiento a las chicas, una herramienta que había que utilizar con el mismo cuidado que la nitroglicerina, porque lo mismo podías parecer un tipo sensible a las fuerzas cósmicas o un gilipollas que no diferenciaba un signo ascenderte de un planeta regente.
Reconozco además que mi contacto más intimo con el universo zodiacal fue una vez que tuve que redactar las predicciones del horóscopo de un periódico a la deriva, en el que el único que sabía del tema estaba de vacaciones. Y además reconozco que no me salió tan mal, aunque un poco cargado de turbios vaticinios en lo económico, provocados sin duda por el hecho de que llevaba dos meses sin cobrar.

En fin, que ya se que en esta vida no hay nada eterno y que ni los amores para toda la vida duran más allá de unos años, pero me joroba que a estas alturas me anden mareando perdices que ya tenía escabechadas. Además, ya puestos a cambiar, podían haber elegido algo más glamuroso (al estilo de Géminis), más contundente (al estilo Tauro), algo sobrio (al estilo Libra), pero no, le han puesto Oficuo, algo que suena a grano purulento y ente infrahumano. Hasta el símbolo es cutre ,y de segunda mano, clavadito al dibujo de las farmacias antiguas. ¿Con lo chulo que era lo de se arquero!

Y lo peor de todo es que me han convertido en Oficuo unos tipos de la Sociedad Planetaria de Minnesota, o sea, una puta broma. Y encima los tipos no parecen unos superlumbreras, porque tampoco hace falta mucho resplandor cerebral para colgar unas fotos desenfocadas, como las que tienen en su página web, que parece hecha con un cruce de imágenes de los Monegros y del water de mi casa, si es que tuviese tal cosa... casa, quiero decir.
Eso sí, tiene un edificio muy molón en el que un montón de gente se pasa todo el día escudrillando las galaxias, y mira tu por donde un buen día descubren que el Zodiaco está mal y que a partir de ahora hay trece signos. Los laboriosos rastreadores galácticos son Nathan Laible, Laura Waterman, Micahel O´Keefe, Steven Sigmon, Susan Casey, Paul Douglas, Bertram Greener, Chelen Johnson, Peter Leppik, Parke Kunkle, Hart Rosenblatt. Lawrence Rudnick, David Sigel, John Vekich y Margaret Leppik; a quienes desde aquí doy las más efusivas gracias y les deseo una vida sexual más activa. De paso les comunico que aprovecho para pasarme definitivamente al horóscopo chino y ser Perro para el resto de mis días.

jueves, 13 de enero de 2011

FUTURO PLUSCUAMPERFECTO


“Buenos días. Son las ocho de la mañana del 13 de abril de 2056, aniversario de la proclamación del Estado Global de Inmunización”. Tono escuchó las noticias con el nulo interés de siempre y se acabó de poner la crema protectora de rayos ultravioleta. Antes de apagar la pared espejo se echó una complaciente mirada. Su piel no tenía todavía ni una sola arruga ni un solo pelo, a pesar de haber sido sometido muy tarde a la exfoliación capilar total, como les pasó a la mayor parte de los niños de su barrio, hijos de simples elementos laborales básicos. Había escapado de allí para no volver nunca.

Los primeros años creyó que nunca saldría del infierno del selector de residuos, pero gracias a su absoluta falta de escrúpulos había conseguido un puesto en la zona de eliminación de elementos tóxicos de un hospital, un trabajo arriesgado pero que suponía el paso a una Zona Residencial Saludable de tipo D, en un plazo de cinco años, los que sobrevivían, claro. Y él era de los que sobrevivían siempre. Cuando por fin le dieron el primer Certificado de Inmunidad Elemental, se despidió para siempre de su deprimente núcleo familiar y se apuntó al programa Cobaya. Pero no se conformó con hacer cola para uno de los millones de experimentos farmacéuticos y quirúrgicos en los que sólo arriesgabas algún órgano a cambio de una ridícula compensación que no daba ni para pagar un mísero implante ocular. No, él se la jugó a una carta y se incorporó al cuerpo de guardaespaldas orgánicos. Tuvo suerte y su asignado se cansó de él antes del cuarto trasplante, uno de riñón. Su natural falta de personalidad y su elaborado servilismo le llevaron por fin al peldaño definitivo: la carta de fecundidad.

Y llegó Marcia, y el apartamento en una zona de apartamentos salubres, el Puesto Laboral Socialmente Innecesario, el sueldo indefinido y los niños.
Todo iba perfectamente, como en una serie psicólogos californianos que tan de moda estaban. Y de repente, en menos de 24 horas todo se viene abajo con un simple mensaje en el brazalete táctil: “Jubilación anticipada a los 95 años”. ¡Pero si le quedaba media vida por delante!. Y esa edad ¿dónde iba encontrar otro trabajo?. Marcia le abandonaría y se llevaría a los niños. Acabaría en un Centro de Espera Terminal, pegado a la pantalla de la tele hasta el fin de sus días o volvería donde empezó, a una zona sanitariamente insegura. No valía le pena engañarse. Ese era el proceso inevitable. Lo había visto muchas veces en los programas de pararealidad que emitían en todas las cadenas pero, evidentemente, esas cosas les pasaban a otros, a gente con conductas sociales inadecuadas. Pero él siempre había cumplido fielmente las reglas del Decálogo de Salud Social del Gobierno. Se había esforzado por cumplir hasta el más mínimo deseo de sus superiores, sin estorbar con individualismos ni iniciativas personales, y esta era la recompensa que recibía.

Oyó como Marcia y los niños volvían de su hora de deporte matinal y recompuso el gesto. Nadie debía de notar nada o estaba perdido. Quizá si no se diese por aludido, si no hiciese caso del aviso y siguiese actuando como si no pasase nada, tardarían en detectar su ausencia del centro de prejubilación. Al fin y al cabo, todos los días debían de incorporarse cientos de personas y nadie iba a notar la ausencia de uno más.
Pero mientras conducía hacia el Centro Comercial Hospitalario de su distrito, comenzó a desmoronarse. ¿A quién quería engañar? Antes o después el sistema detectaría su rebeldía y aquello sería todavía peor, sería el fin. Le retirarían su tarjeta sanitaria y perdería sus derechos como ciudadano. Le tratarían como a un criminal y le expulsarían más allá del cordón de salubridad que defendía las ciudades desde la Gran Epidemia. Su caso saldría en todos los programas nocturnos como un ejemplo de desviación social, como un cáncer del sistema, como un terrorista que había intentado romper el orden y desobedecido a los designios de la infalible Junta Médica de Gobierno.

En el pasillo central del centro una pantalla gigante emitía los habituales mensajes, que ese día estaban cargados de un significado especial para Tono: “Convierta el invierno en verano en nuestras Unidades de Reposo de la Riviera Maya”. “No sea el último. Conozca ahora la composición química de la Píldora Hipoalergénica”. “Evite las preocupaciones con Evadoline, su seguro de estulticia mental”. De repente el pánico se apoderó de él y dio la vuelta hacia la salida tirando de su esposa, que a su vez arrastró consigo a los niños. Ella comenzó a gritarle lago, pero él solo oía un intenso zumbido dentro de su cabeza que repetía: ¡jubilación, jubilación!. Su actitud llamó la atención de un Asistente de Control Sanitario que se dirigió hacia la familia con su falsa sonrisa cincelada en la cara.

De pronto el zumbido se vio interrumpido por una vibración en su muñeca. La pantalla táctil se iluminó: “Anulada requisitoria anterior. Pase a fase de rutina”. Se paró en seco y toda la familia tropezó con él. La voz del ACS sonó amablemente autoritaria: “Buenos días unidad familiar. ¿Algún problema”. Tono alcanzó a murmurar: “No, no, todo en orden. Pero había olvidado el homenaje al Antitabaquista Desconocido. No quiero perdérmelo por nada del mundo”. El ACS amplió la sonrisa y los despidió: “Es la actitud correcta para todo ciudadano consumidor”.

Tono se tragó las ganas de saltar de alegría por el nuevo vuelco de su vida y salió del Centro Comercial Hospitalario, entre el afortunado silencio de su prole. El silencio infantil era uno de los grandes logros del sistema educativo, por eso Tono se asombró al oír la voz del hijo mayor: “Mira, unos Acratas Nicotínicos”. El chaval señalaba un grupo jóvenes que repartían panfletos en un puesto informativo de una Asociación Pro Toxina, defensores de la legalización de unos mínimos elementos de toxicidad inmunológica en el organismo. Aquellos niñatos de clase alta del Barrio de la Perfección, jugando a revolucionarios con el futuro asegurado eran más de lo que Tono podía aguantar: “Unos delicuentes, una lacra, eso es lo que son”. Rizando el rizo de lo inverosímil, su hijo volvió a hablar: “Dicen que tiene derecho a dejar de ser “saludables pasivos. Parece que en Estados Unidos se están poniendo de moda”. Aún no había salido de su asombró cuando Marcia se sumó al jolgorio: “¡Huy, pues como triunfe eso en los Estados Unidos, a los dos días lo tenemos aquí, eh!”. Nunca habían tenido una discusión tan larga, así que decidió cortar por la sano aquella algarada familiar: “¡A vosotros lo que os pasa es que ves demasiada televisión! Derechos, derechos. ¡Pamplinas!”.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

¡Qué culpa tiene el tomate!


Anoche tuve un sueño muy raro. Estaba paseando por el super, ente un laberinto de manzanas, lechugas, judías, patatas, coliflores y otras hierbas, cuando de repente me pareció oír que alguien lloraba. Como estaba solo en medio de aquel laberinto agrícola, pensé que se me había ido definitivamente la perola, cosa bastante más que probable, y que lloraba a escondidas de mi mismo. Pero entonces me fijé que en la esquina de una caja de cartón una pera consolaba a un tomate que se quejaba amargamente: “Te juro que yo no quería hacerlo, pero me obligaron. Arruiné a esos pobres agricultores y maté de hambre a su familias, y ahora estoy aquí, esperando a que venga alguien a intoxicarse con mi corazón destrozado”. Me quedé medio oculto entre las hojas de unas espinacas dormidas, sin perderme ni un detalle de la entrañable escena.
La pera acariciaba con su rabillo la calva del tomate y le decía: “Venga, desahogate, cuéntamelo todo”. El tomate, entrecortado por el hipo, le contó la siguiente historia:
“ Hace 12.000 años, yo estaba tan tranquilo en mi mata y vino un homo sapiens, me abrió las entrañas, cogió mis semillas y las plantó. Tuve muchos tomatitos y durante generaciones fui muy feliz. Hasta que un día, mucho después, los homo sapiens empezaron a matarse unos a otros en una cosa que se llamaba la Primera Guerra Mundial y cuando se cansaron, convirtieron las bombas en unas cosas que se llamaban fertilizantes e insecticidas que me echaron por encima Al principio me dolió un poco y tuve muchos picores por todo el cuerpo, pero poco a poco me acostumbré y empecé a engordar y crecer, a salvo de las plagas y los bichos. Pero al homo sapiens todo le parecía poco y no paraba de matarse. Un día, en un sitio llamado Vietnam, inventó el “efecto naranja” con la sana intención de eliminar la selva y todo lo verde, y de paso matar de hambre a unos tipos pequeños de ojos oblicuos, que resultaron más duros de pelar que una alcachofa.
Yo por entonces vivía en un pueblecito de unos homos pacíficos que se pasaban el día escarbando en la tierra, pero una buena mañana llegaron unos tipos que decían que eran Monsanto. Yo pensé que con aquel nombre serían muy buenos, pero resultó que primero les vendieron una cosa que le llamaban Round Up para que me rociaran con ella y así estar más guapo y lozano. Pero cada vez me ponía más enfermo, hasta que volvieron los mismo tipos y dijeron que había que operarme con lo último de la ciencia: la ingeniería genética. Desde aquel día no he vuelto a tener tomatitos propios y cada vez que los arañadores de la tierra quieren tener nuevos tomates, tienen que comprarle las semillas a los Monsanto.
Al final acabé refugiado en la huerta un arañador del pueblo de al lado, donde aún no habían llegado los tomates operados y viví feliz un tiempo, hasta que volvieron unos Monsanto distintos, que llevaban unas carteras de cuero en lugar de fumigadores, y le dijeron a mi amo que yo me había colado en su finca. El hombre intentó explicar que no era culpa suya, que yo y otros operados con tansgénicos nos habíamos instalado allí por nuesta cuenta; pero los de las carteras le dijeron que aquello era un robo y que si no compraba sus semillas le quitarían la tierra. La ultima vez que lo vi, mientras me metían en una caja, el hombre abandonaba su casa con toda su familia”
Cuando el tomate acabó su relato, la pera y yo llorábamos también a moco tendido. Entonces me desperté con la radio del vecino, que estaba escuchando una vieja canción de Quilapayún:
“Que culpa tiene el tomate que está tranquilo en su mata
y viene un hijo de puta y lo mete en una lata, pa mandarlo pa Caracas.
Cuando querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva
que los pobres coman pan y los ricos pura mierda”

viernes, 16 de julio de 2010

Felicidades esféricas


Por si os dio un ataque de catalepsia y acabáis de resucitar, quiero comunicaros que acabamos de tener unos días de gloria. Hemos pasado a la historia. Hemos asombrado al planeta y alcanzado un éxtasis que ni siquiera logran los más audaces comedores de hongos caducados. Por eso, y porque soy una persona desprendida y solidaria, quiero felicitar de todo corazón a los beneficiarios de tan magno acontecimiento:
A los dueños de las cadenas de pizzas, que se forraron mientras sus currelas se jugaban la piel en el asfalto recalentado, para alimentar a unos estómagos ansiosos.
A las abuelas del autocar donde escuché la semifinal, que se lo pasaron pipa confundiendo los corners con los goles.
A los amos de las empresas de telefonía, que curaron su desasosiego gracias al millón de sesudos e inteligentes sms tipo “somos la hostia, me cago en el copón, vivassspañaaa”.
A las pobres gentes angustiadas y deprimidas que encontraron un respiro gracias a las madres de los árbitros.
Al medio millón de sudafricanos que consiguieron curro en las obras de los estadios para gastarse la pasta en vuvuzelas.
A los que cosieron a mano por un euro el balón que tanto animó la vida de los sufridos futbolistas.
A los vendedores de banderas, tricornios y monteras de plástico, convertidos por unos días en árbitros de la elegancia.
A todas las mujeres que por unas horas tuvieron un respiro, refugiadas en la cocina de sus vidas mientras el animal que les ha caído en desgracia, se desfoga berrando ante el televisor en lugar de inflarlas a guantazos, como hace habitualmente.
A todos los comentaristas que les enseñaron a los niños que la vida es una dura competición en la que hay que aplastar al equipo contrario, eliminar al rival, acorralar al enemigo, imponerse por cualquier método y ganar toda costa.
A todos los parados que por fin se movilizaron para animar en masa a la roja.
A todos los patriotas que sacaron pecho y esgrimieron su banderas para ensañarse con otros patriotas que no coincidían con su mismo patriotismo.
A los políticos que tuvieron un merecido descanso en su abnegado cruce de insultos.
A los chavales que se lo curraron corriendo por el césped detrás de la pelota para darle una alegría a un montón de gente que nunca ve el fútbol.
Y a la estrella del Mundial, Sara Carbonero, como compañero de profesión, le deseo que la conozcan y la recuerden por algo más que ser la novia de alguien.